‘Me siento como un bicho raro’: habla colombiana con coronavirus

• Mariana Gómez dice que comparte su testimonio para hacer un llamado de consciencia

Mariana Gómez es una manizalita de 42 años que vive en Bogotá hace más de dos décadas y hoy es una de las personas que en el país ha sido diagnosticada con COVID-19.

Hasta el momento, es la única afectada por el nuevo virus que le ha dado la cara al país, así, con nombre y apellido, para ilustrar un poco no solo sobre la percepción que experimenta al tener en su organismo al germen que asusta al mundo, sino también para contar algunos detalles de lo que en su entorno genera esta situación, además de cómo enfrenta el aislamiento estricto al que tiene que someterse.

La historia empezó el 27 de febrero pasado, cuando viajo a Europa, rumbo a Croacia y a Bosnia, con una escala en Madrid (España), ciudad a la cual regresó el 6 de marzo, en pleno hervor de la situación generada entre los españoles por el nuevo coronavirus.

“El 12 de marzo me sentí muy mal, con un desaliento terrible, tos y un dolor de garganta, a lo que en un comienzo no le paré bolas. Me comuniqué con la sanidad de Madrid y me dijeron que estaban un poco congestionados y que después me llamaban”, dice esta mujer dedicada a los negocios, con un tono paisa acachacado pero tranquilo, en diálogo telefónico desde su apartamento en el norte de Bogotá.

¿Cómo se siente?

En este momento estoy bien. Tengo un ligero malestar en la garganta, no tengo fiebre y en ocasiones siento una presión en el pecho que no me dificulta respirar. Procuro trabajar para distraerme, pero en la noche me entra un poco de angustia que me dura mientras me vuelvo a dormir. Pero en general, estoy bien.

Si sabía que el virus ya circulaba por Europa, ¿por qué fue?

Pensé que no había riesgo. Iba para Bosnia a un viaje que tenía preparado desde hace varios meses a una peregrinación a Medjugorje y allí estuve del 1 al 6 de marzo. Luego pasé dos días en Dubrovnik y regresé a Madrid el 8.

Por esos días en Madrid ya estaba la alarma del virus, pero me llamó la atención que los españoles a pesar de saberlo, estaban muy relajados. Pude ver una semana antes que, por el partido entre Real Madrid y Barcelona, la gente andaba en la calle, gritando y saltando como si nada. Cuando volví, ya había un poco más de preocupación.

¿Y qué pasó?

El 12 de marzo me sentí desalentada y con algo de dolor en la garganta, además de un poco de tos, a lo que en realidad no le puse mucha atención. Pero como las noticias sobre el virus andaban, decidí comunicarme por teléfono con los servicios de salud.

Cuando me contestaron, me dijeron que estaban un poco saturados, pero que me devolvían la llamada. La verdad no lo hice, ya que ante los anuncios de que iban a cerrar los vuelos en Colombia, decidí con la aerolínea adelantar el viaje, algo que logré para el sábado pasado.

¿Y qué sucedió al llegar a Bogotá?

En El Dorado, personal de la Secretaría de Salud, me preguntó si tenía algunos síntomas. La verdad me sentía bien, pero decidí no decir mentiras. Dije que me dolía un poco la garganta y que tenía tos. Me pareció curioso que dos personas que venían a mi lado pasaron como si nada.

Ante mi declaración, el personal de salud, muy bien protegidos ellos, me llevaron en ambulancia a la Fundación Santa Fe, a donde llegué y me realizaron algunos exámenes. Me tomaron las pruebas y allí estuve aislada hasta el domingo, después de que me hicieron otros chequeos. Al cabo de los mismos, me dieron salida.

¿Y qué ocurrió?

Era curioso haber llegado al hospital, en medio de unas personas atareadas, como en una serie de Netflix y después de eso estar buscando en qué irme para la casa. Me preguntaron que si tenía transporte, manifesté que no y entonces busqué un servicio de Uber, al que me subí con un tapabocas, no sin antes ver el disgusto del conductor porque no me sentaba adelante.

Aunque no sabía qué tenía, pensé en protegerlo y me ubiqué en la parte de atrás. Así llegué a mi casa sin saludar si quiera al portero y entré a mi apartamento.

¿Y allí la esperaba su familia?

No, porque ante lo que estaba ocurriendo, mi esposo y mis dos hijos habían salido despavoridos para evitar contacto conmigo porque por el protocolo entraba yo en aislamiento. Esa noche la pasé sola.

¿En qué momento supo que tenía coronavirus?

El lunes recibí una llamada, en la que me hacían un interrogatorio tenaz: que de dónde venía, que cuál había sido mi ruta y con quiénes había hablado o había tenido contacto, y en ese momento pensé que algo grave pasaba.

No tardé en saberlo. Me dijeron que la prueba del coronavirus había salido positiva. Confieso que entré en pánico. Jamás pensé que esto me podría pasar a mí. Creía que esto era cosa de los chinos, allá lejos en Wuhan, un riesgo distante. Sentí miedo.

¿Cómo se ha sentido en estos días?

He procurado estar tranquila. Soy una persona creyente y me aferro a ello. También estoy trabajando en la casa para distraerme y estar pendiente de los síntomas. No es fácil.

¿Y tiene algunos síntomas?

Algo de dolor de garganta, un pequeño malestar, pero en la noche, cuando todo se queda en silencio, entro en angustia y por momentos siento como una opresión en el pecho y pienso cosas. Pero como no tengo dificultad para respirar, procuro quedarme dormida hasta que amanece.

Para mí hubiera sido más fácil haberme quedado callada en el aeropuerto, pero pensé en mi esposo, en mis hijos y en los que me rodean, y por eso hice esa declaración. Era un deber

¿Y qué pasa con su familia, con sus conocidos?

La verdad, para todos soy como un bicho raro. Una persona me deja las cosas en la puerta, yo las recojo con el tapabocas y la comunicación con mi esposo y mis hijos de 18 y 14 años es por teléfono. No hablo con nadie de manera personal.

Cuando mi nombre se dio a conocer, la administradora del edificio me llamó a preguntarme que cómo así que yo tenía coronavirus. Creo que en el edificio hay preocupación, pero yo cumplo con rigor las reglas que me dieron para el aislamiento.

¿Y cómo son sus rutinas?

Me despierto temprano, rezo, hago el desayuno, trabajo, oigo la misa, preparo el almuerzo, algo que no acostumbraba. Me lavo permanentemente las manos. Como le digo no hablo con nadie de manera directa y mantengo perfectamente lavadas mis cosas y con una limpieza total.

¿Qué piensa de todo esto?

Uno cree que esto le pasa a todo el mundo menos a uno. Aunque es difícil, la gente debería tomar conciencia de que cuarentena es cuarentena porque con eso se salvan vidas. Para mí hubiera sido más fácil haberme quedado callada en el aeropuerto, pero pensé en mi esposo, en mis hijos y en los que me rodean, y por eso hice esa declaración. Era un deber.

Y frente a todo este proceso, ¿qué más tiene que decir?

Primero llamar la atención en la fragilidad de los protocolos de salud con respecto a los viajeros. También la de los modelos de atención. Segundo, que la gente debería entender que esto es muy serio. El llamado al aislamiento no es un juego y que tiene que dejar de pensar que esto no es con ellos. Todos tenemos riesgos.

¿Y porqué decidió dar la cara?

Porque creo que esto puede servir para que no se tome tan a la ligera esta situación. De igual forma, para que se mejoren las evidentes fallas que hay en estos procesos y para que se entienda que, a pesar de las dificultades del coronavirus, podemos salir si se actúa con seriedad.

El Venezolano Colombia/El Tiempo

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