Colombia encara segunda ola de la pandemia sin apenas camas libres en las UCI

• Lo que sí han aprendido los equipos médicos, que día tras día siguen recibiendo enfermos con el coronavirus, es a funcionar diferente, a implementar cuidados específicos, y conseguir así reducir la mortalidad

EL VENEZOLANO COLOMBIA

Las camas de cuidados intensivos del Hospital El Tunal, en el sur de Bogotá, están llenas pero el personal médico se mueve con tranquilidad y experiencia ante la pandemia de covid-19 que en su segundo pico tiene contra las cuerdas a los servicios sanitarios colombianos.

El pitido de los monitores de signos vitales y los bufidos de los respiradores reinan en la sala de UCI donde el intensivista Diego Hernández, varias enfermeras, auxiliares y doctoras enfrentan desde hace casi un año una pandemia de la que siguen sin saberlo todo.

En la sala, una decena de pacientes graves, positivos para covid-19, descansan en sus camas, separadas por divisiones de cristal.

ACTUAR A CIEGAS

“Al principio tuvimos el inconveniente de que no sabíamos (mucho sobre el coronavirus) y desafortunadamente los ensayos que se han hecho con múltiples medicamentos y tratamientos no han tenido un buen rendimiento”, lamenta este médico especialista, en declaraciones a Efe. Para la covid-19 hay vacunas, pero aún no hay un medicamento milagroso.

Lo que sí han aprendido los equipos médicos, que día tras día siguen recibiendo enfermos con el coronavirus, es a funcionar diferente, a implementar cuidados específicos, y conseguir así reducir la mortalidad.

De hecho, Hernández agradece que en el hospital la mortalidad sea más baja que en otras partes del mundo, aunque el esfuerzo continuado pasa factura. Los protocolos de seguridad son muchos y van haciendo mella, y con el tiempo, hay una tendencia a relajarse y “cometer errores”, narra el doctor.

“Ha sido difícil, ha sido duro porque hemos visto morir muchísima gente, hemos visto sufrir a muchas familias que pierden diariamente a sus familiares”, cuenta Jessica Rojas, enfermera jefa de una de las UCI de El Tunal.

“Si antes teníamos 10 ó 15 pacientes, ahora tenemos 30 ó 40 pacientes, y eso ha sido difícil”, relata a Efe y añade: “Hemos tenido bastantes compañeros que se han retirado debido a todo el impacto social y psicológico que le genera a uno esto”.

No obstante, dice que ha triunfado el compañerismo y el equipo; se han vuelto más fuertes y están más unidos.

UNA NUEVA OLA MAYOR QUE LA PRIMERA

El Tunal atraviesa, como el resto de Colombia, un segundo pico de la pandemia, incluso más fuerte que el primero, que dejó este martes 15.939 nuevos casos positivos y 398 muertos, la mayoría de ellos en la capital.

En este centro sanitario reina el orden. No hay carreras, ni demasiado movimiento acelerado de pacientes, y el hospital de campaña que acaban de montar en el aparcamiento, con 10 camas para pacientes que empiezan a recuperarse, está vacío.

Las 92 camas reservadas para pacientes críticos de covid-19 están todas ocupadas y el hospital está “al límite del recurso” que pueden prestar, asegura Hernández.

Bogotá, la ciudad colombiana más afectada por la pandemia, tiene más de 1.700 pacientes ingresados en UCI, mientras en agosto, cuando se vivió la primera ola, había menos de 500.

Y lejos de lo que se cree, la mitad de los enfermos tienen entre 50 y 69 años; los mayores de 70 suman menos de un tercio.

Rojas recuerda a un muchacho de 17 años que tuvieron ingresado durante tres meses, al que le tuvieron que hacer “millones de procedimientos”, tuvo complicaciones como una falla renal y después de todo falleció.

“Realmente a diario, uno se prende tanto de sus pacientes que todo le impacta”, indica, pero “los casos de jóvenes son los que más le llegan a uno”.

TRABAJO PRECARIO

La situación límite a la que ha llevado el virus a los hospitales y a todo el personal ha agravado el problema de la precarización en la que vive la profesión.

De los 900 trabajadores de la Empresa Social del Estado (ESE) que gestiona 29 centros de salud y dos hospitales en Cartagena, en la costa caribeña, solo 58 forman parte de la plantilla fija, y el resto son empleados a través de servicios temporales.

“Los médicos que trabajábamos bajo este modelo ganábamos la tercera parte de lo que gana un médico de planta, y mucha veces nos tocaba doblar nuestros turnos de trabajo”, lamenta el presidente de la Asociación de Trabajadores de las ESE de Colombia (Asotraese), Javier Oliveros Osorio.

En muchos casos, estos médicos, que no saben cuánto tiempo durará su contrato, atienden hasta 32 pacientes en un día, lo que “genera fatiga física que puede desembocar en eventos adversos que produzcan daños a los pacientes”, se queja.

Denunciar esta precarización le valió a Oliveros su “desvinculación” de la ESE el pasado diciembre, cuando el actual gerente, posicionado por el Gobierno local, le dijo que “no quería nada con sindicatos”.

TRABAJO A CAMBIO DE VOTOS

Además, en ocasiones conseguir un trabajo es una cuestión política. Se han dado casos de concejales que sacan votos de trabajadores de estas empresas dependientes de las Administraciones locales, a cambio de trabajos o despidos.

Tras apoyar la campaña de un concejal, al que consiguió 30 votos de sus familiares y amigos, Carlos Escorcia (nombre ficticio para proteger su identidad) entró a trabajar a principios del 2020 como camillero en una institución de salud pública de Barranquilla, en el norte de Colombia.

Por su “aporte electoral” lo “premiaron” con un contrato por prestación de servicios con el que cobra 1.200.000 pesos al mes (unos 344 dólares), monto ligeramente superior al salario mínimo, del que, tras descontarle impuestos y contribuciones sociales, le quedan unos 235 dólares con los que debe ocuparse de su mujer y sus dos hijas.

“Todavía este año no he firmado el contrato y no puedo arriesgarme a que no me lo renueven porque, aunque es muy poco lo que gano y no me alcanza, hasta el momento es la única entrada que tengo para mantener a mi familia”, asegura.

Además, cuando comenzó a trabajar no imaginaba que vendría una pandemia que se iba a cebar con el personal sanitario.

Escorcia tiene que movilizar pacientes todos los días sin saber siquiera si están contagiados y “lo peor es que ni siquiera nos dan suficientes implementos para protegernos, porque los tapabocas que uso tengo que comprarlos de mi bolsillo”.

A pesar del cansancio acumulado, el estrés y las situaciones límites que vive el personal médico, siguen cada día atendiendo a los nuevos pacientes que acuden a los centros, y haciendo frente a una nueva ola de coronavirus que esperan que pase rápido.

“Nosotros esperamos que con todas esas medidas de los aislamientos, con todas esas medidas de restricción, los casos no aumenten más de los que tenemos en este momento”, estima airado el intensivista de El Tunal

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